Inocencia

Cuando era niña, hace ya bastantes años, me gustaba ir a ver las luces de Navidad, visitar belenes, pero, sobre todo, me encantaba el Día de los Inocentes. Recortaba monigotes de papel (eso no se puede hacer con una tablet o un smartphone) de los abundantes periódicos que había en mi casa, y buscaba la ocasión de pegarlos, con disimulo, en la espalda de alguien, para, al rato, cantar inocente, inocente. Mi padre escudriñaba la portada del periódico en busca de la inocentada del año. Pocos años después, la realidad se llenó de tantas inocentadas que muchas veces me encontré leyendo noticias de broma convencida de que eran verdad, y a la inversa.

Frente a estas simpáticas inocentadas está la trágica realidad de víctimas que, por su edad, son, necesariamente, inocentes de la realidad en la que se han visto envueltas. A estas víctimas quiero dedicar hoy esta columna.

A los menores no acompañados, que vagan por Europa sin que nadie se haga cargo de ellos (2.100 en las islas griegas). A menores que trabajan en minas de cobalto de la RDC sin que pidamos responsabilidades a nuestros proveedores de aparatos electrónicos. A niños soldado, y a niñas soldado, que tienen mucho más difícil reinsertarse cuando dejan el combate. A las 100 millones de niñas en el mundo que se habrán casado antes de 2021. A los albinos perseguidos desde niños. A quienes malviven en campos de refugiados (en Moira, Médicos sin Fronteras ha montado una clínica pediátrica imprescindible). A los niños de las cárceles de Honduras (otro país olvidado). A las minorías romaníes discriminadas en el acceso a la educación en República Checa, Croacia, Grecia. A las víctimas de la mutilación genital femenina (tres millones de niñas en el mundo, en Europa 180.000 corren ese riesgo). A quienes malviven, trabajando con sus familias, en vertederos de Madagascar. A los menores que mueren de hambre en el campo de refugiados de Waliyow, en Somalia. A los niños y niñas de Gaza, que sufren trastorno de estrés postraumático, depresión y ansiedad por los bombardeos. Y a tantos y tantas…

Y, bien cerca. A quienes «no se han enterado» de que la crisis ya se ha terminado y no pueden calentarse, van al colegio sin desayunar, son desalojados de su casa con sus familias, o viven en esas infraviviendas que existen también en Córdoba, sí, en Córdoba, y que preferimos ignorar porque están escondidas debajo de la autopista. Esto de robar títulos a los escritores se está convirtiendo en una costumbre. Esta vez adapto a García Márquez: «Cuando era feliz e indocumentada».

Diciembre 2017